A Fernando

Símbolo de una ciudad. Era parte del paisaje y de los corazones de toda la gente, llenaba de ternura las calles con su caminar. Era pobre y se entregaba a la ciudad que lo vio nacer, caminaba libre repartiendo inocencia y felicidad. 
Con su pequeño cuerpo se ganó el prestigio de los músicos de la ciudad y hasta heredó su nombre de uno de ellos en un bar, era nochebuena y buscando refugio, entro al lugar y junto a un cantante de boleros quiso descansar.
Nunca buscó la fama ni el prestigio, pero era conocido por todos y su rutina parte del bullicio de la capital. Dormía en un hotel y desayunaba, según cuentan los viejos del lugar, con el gerente del Banco Nación. Pero a Él no le importaba el prestigio ni el qué dirán, tan sólo amaba la brisa y el sol de la plaza principal. 
Era amigo de todos y nos enseñó a amar la simpleza de vivir. Pero quiso el destino que un accidente te llevara y contigo se rompió algo que nadie supo explicar. Nos dejaste solos con tu recuerdo, a tu entierro acudieron todos, nadie quiso dejar pasar el último adiós de aquel amigo que con su caminar inundó de bondad una ciudad.
Cuando pregunté nadie supo responder porque, pero es la historia que todos recuerdan con dulzura y su tumba descansa en un museo para no olvidar que la nobleza y dulzura no es solo dominio del hombre.
Fuiste especial y aunque no pude compartir tu vida, tu historia me conmueve y junto a tu estatua derramo una lágrima. Gracias Fernando porque tu recuerdo forma parte de la historia de mi ciudad. Gracias porque entrañas la ternura de un “callejero” que se robó el corazón de una ciudad. Siempre vivirás en el recuerdo y en el corazón de todos los que nos sentimos parte de esta ciudad.

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